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miércoles, 28 de enero de 2015

Como cuando somos valientes y nos permitimos concebir ilusiones a sabiendas de que en el fondo sabemos que no van a llegar a ningún lado. Las ilusiones han muerto como Dios lo ha hecho. Cavé una tumba para todas las canciones que alguien me cantaría algún día, otra para todas las fotos, un librero viejo guarda mis libros publicados y muchas más cosas cohabitan en un país donde mis lágrimas son la lluvia. En la plaza se proyectan los filmes en los que estuve y las sombras bailan todas las canciones que alguna vez quise bailar. Los rostros de las personas que pensé que se quedarían se asoman por las ventanas de edificios desolados y sonríen. A medias.

¿Es valentía o estupidez? Sé que ser valiente no es malo, pero concebir ilusiones a lo loco suena más como ser estúpido. Y es así como se siente cuando tengo que cavar una tumba más para otra ilusión. ¿Hay un manual para las ilusiones? Quiero seis.

Supongo que será de esos amarillos pasa idiotas.

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