n.a.: Escúchese mientas se lee (x)
El otoño llegó más pronto de lo esperado al reinado de los Vetroska.
Dedicaron sus primeras semanas a recorrer sus dominios y daban esperanzas de humo a la gente que ahí
habitaba. A su paso llevaban arrastrando el rumor de que su matrimonio no había
sido consumado. Y así había sido en efecto. Los atuendos de Junether se volvían
más provocativos con el paso de los soles, pero Felix no parecía inmutarse de
eso. Sus cálidas manos no pasaban de aquella diplomática postura en donde le
envolvían con firmeza la cintura. Los demás hombres de la corte sí que lo
notaban. Las miradas dirigidas al pronunciado escote de la reina no faltaban
cuando ella caminaba por los pasillos. Desafortunadamente para ellos, sería la
primera y única vez que tuviesen la oportunidad de mirarle de aquella forma.
June aprendió cada uno de sus nombres de memoria y pidió que los tuviesen
vigilados. Y ordenó que cuando alguno de ellos se estuviese estimulando para obtener
los productos génicos, le castraran y mataran.
Las caricias distantes de su esposo le ponían ansiosa, un
poco más cada uno de los días. Comenzó a abultarse el vientre con telas, y
entonces los susurros que le seguían comenzaron a callar.
—La maternidad te sienta bien, Junether —Le musitó Felix la
primera vez que la vio colocándose aquellos trazos de tela bajo la ropa. Besó su frente, acarició su mejilla y se fue
de la habitación. Y nunca más enunció palabra alguna sobre el tema. Ese mismo
día desapareció el jarrón de porcelana que más le gustaba, y su almohada se
empapó de lágrimas.
Conforme pasaba el tiempo, aquella paranoia le consumía en
secreto. El pueblo esperaba ansioso la llegada del primogénito de sus regentes,
los meses se agotaban.
Fue la noche más fría de invierno cuando la solución llegó
a sus brazos. La servidumbre del castillo había tratado de ser cautelosa con el
asunto, pero, ¿qué clase de reina no sabe lo que ocurre en las murallas de
piedra de sus dominios?
Una chica gemía y tomaba de la mano a un hombre
encapuchado, ninguno de los dos sentía el frío pues lo arriesgado de la situación
les hervía la sangre. Ella fue atendida por una de las cocineras, y la
sensación de dar a luz primero le vino como un huracán, luego como la suave
brisa de la primavera. Dharo se quitó la capucha para observar a su hijo. Sabía
desde luego que no debía estar ahí, pero Ettel se las había arreglado como pudo
para hacerle saber que en su vientre había germinado la semilla de su efímero
amor. Aquel pergamino perdido en medio del bosque le hizo despertar a su razón,
y había pasado lunas enteras desde que lo recibió formando un hogar para los
tres.
Ella le sonrió con lágrimas en los ojos, sus pequeñas manos
hambrientas sostenían a un bebé de un rostro radiante en las penumbras de aquel
lugar. Dharo no pudo evitar besarla largamente y volvió a apretar su mano,
ambos supieron que aquello era más que un gesto: era una promesa.
Las únicas velas que alumbraban el lugar se apagaron cuando
June hizo acto de presencia. El rose de la tela de su fina capa aterciopelada
sonaba más bien atemorizante. Dharo envolvió a Ettel de manera protectora, y
esta buscó el refugio de sus brazos. Al principio no enunció palabra alguna, y
Dharo por primera vez tuvo miedo de ella. No lo había sentido cuando había sido
condenado por culpa suya, ni cuando encontró a su yegua favorita muerta en el
interior de la cueva donde ambos se habían conocido. Pero aquel dejo de locura
en sus ojos era algo que te helaba la piel más que el mismo frío que envolvía
al castillo aquella noche.
—A veces imaginaba cómo sería tener a tu hijo. Nunca quise
ser madre, pero sabía que debía dar a luz a un primogénito. Y cuando yacía
desnuda en tus brazos realmente pensé que podría ser una buena madre para tu
hijo —Junether parecía hablarle a la nada. No miraba a ningún punto en la
habitación. Sus sonrisas estaban perdidas y rotas. Después de un silencio
sepulcral de minutos infinitos continuó:— Sigo creyendo que podría serlo.
Quizás el hijo no sea mío, pero sigue siendo tuyo. ¿Qué mejor vida puedo darle?
Un niño príncipe.
Ettel abrazó al pequeño con toda la fuerza que le quedaba
en el cuerpo y escupió a sus pies para posteriormente enunciar con rabia: —Será
un niño sin amor. Puedes darle todo el oro del mundo y aun así será
desgraciado.
—Bueno… hay que probar esa teoría —Se giró a ver a la
cocinera, que se había fundido con las paredes como si pudiese desaparecer y se
dirigió a ella como si hubiese estado hablando con ella todo ese tiempo.— Por favor, deja al niño en la habitación que
he estado preparando. Y pide a una nodriza que se haga cargo de él.
La desesperación de Ettel resultaba indescriptible. Sus
gritos atravesaron las paredes y sus uñas se volvieron ríos de sangre. La
ausencia de armas de Dharo le hicieron ser sometido fácilmente por los
guardias, y las palabras corrieron más rápido que el río: ya había un heredero.
June se sobresaltó al ver a Felix en las penumbras de su
habitación. Desde ahí observaba los fuegos artificiales que su pueblo lanzaba
de alegría por el pequeño eclipse. En silencio se acercó a él, y lo primero que
pudo percibir fue el olor a alcohol que emanaba.
—Supongo que el niño es solo para guardas las apariencias. —Dijo
sin despegar la mirada de la ventana— Encárgate de que al menos tengan comida
allá a donde sea que vayas a enviarlos.
—¿Cómo…?
—Te conozco, Junether. Pero tú no me conoces a mí. Te he
escuchado llorar todas las noches, y me he inundado por dentro. Toda tu vida te
han hecho pensar que lo que debías hacer en primer lugar era darme un heredero.
Pero eso no es posible.
Se giró al verla al fin, le tomó de la mano y juntos se
sentaron en la cama. Él le explicó todo, le hizo ver que nunca podrían tener un
hijo propio y bajó la mirada humillado.
—Nunca fue por mí… —Susurró ella con tristeza.
Felix negó apenas y confesó: —Joder, había veces que tenía
que excusarme porque la imagen de ti me resultaba sumamente exquisita.
Probablemente hayas pensado que me parecía detestable, lo lamento.
—Hagámoslo ahora —Le propuso ella. Le soltó de la mano y
lentamente se dirigió a su entrepierna. Sus ojos buscaron su mirada y se acercó
a besarlo para musitar entre sus labios: — Intentémoslo al menos. Me parece que
las probabilidades son… positivas.
No hizo falta que lo dijera de nuevo. Ahí, bajo la luz de
los fuegos artificiales y la luz de la luna en la noche más fría del invierno,
se entregaron el uno al otro. Lo intentaron fervientemente, y ella no le
reprochó nada. Le sonrió dulcemente y besó su hombro después de hacerlo.
—Tendremos más tiempo —Prometió.
En medio del bosque, dentro de una cueva, Ettel y Dharo
fueron dejados a su suerte, como la peor de las escorias.
—Tendremos venganza —Le juró él.
Y los planetas escucharían sus palabras.

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