Adagio.

miércoles, 28 de octubre de 2015

n.a.: Escúchese mientas se lee (x


El otoño llegó más pronto de lo esperado al reinado de los Vetroska. Dedicaron sus primeras semanas a recorrer sus dominios y daban esperanzas de humo a la gente que ahí habitaba. A su paso llevaban arrastrando el rumor de que su matrimonio no había sido consumado. Y así había sido en efecto. Los atuendos de Junether se volvían más provocativos con el paso de los soles, pero Felix no parecía inmutarse de eso. Sus cálidas manos no pasaban de aquella diplomática postura en donde le envolvían con firmeza la cintura. Los demás hombres de la corte sí que lo notaban. Las miradas dirigidas al pronunciado escote de la reina no faltaban cuando ella caminaba por los pasillos. Desafortunadamente para ellos, sería la primera y única vez que tuviesen la oportunidad de mirarle de aquella forma. June aprendió cada uno de sus nombres de memoria y pidió que los tuviesen vigilados. Y ordenó que cuando alguno de ellos se estuviese estimulando para obtener los productos génicos, le castraran y mataran.

Las caricias distantes de su esposo le ponían ansiosa, un poco más cada uno de los días. Comenzó a abultarse el vientre con telas, y entonces los susurros que le seguían comenzaron a callar.

—La maternidad te sienta bien, Junether —Le musitó Felix la primera vez que la vio colocándose aquellos trazos de tela bajo la ropa.  Besó su frente, acarició su mejilla y se fue de la habitación. Y nunca más enunció palabra alguna sobre el tema. Ese mismo día desapareció el jarrón de porcelana que más le gustaba, y su almohada se empapó de lágrimas.

Conforme pasaba el tiempo, aquella paranoia le consumía en secreto. El pueblo esperaba ansioso la llegada del primogénito de sus regentes, los meses se agotaban.

Fue la noche más fría de invierno cuando la solución llegó a sus brazos. La servidumbre del castillo había tratado de ser cautelosa con el asunto, pero, ¿qué clase de reina no sabe lo que ocurre en las murallas de piedra de sus dominios?

Una chica gemía y tomaba de la mano a un hombre encapuchado, ninguno de los dos sentía el frío pues lo arriesgado de la situación les hervía la sangre. Ella fue atendida por una de las cocineras, y la sensación de dar a luz primero le vino como un huracán, luego como la suave brisa de la primavera. Dharo se quitó la capucha para observar a su hijo. Sabía desde luego que no debía estar ahí, pero Ettel se las había arreglado como pudo para hacerle saber que en su vientre había germinado la semilla de su efímero amor. Aquel pergamino perdido en medio del bosque le hizo despertar a su razón, y había pasado lunas enteras desde que lo recibió formando un hogar para los tres.

Ella le sonrió con lágrimas en los ojos, sus pequeñas manos hambrientas sostenían a un bebé de un rostro radiante en las penumbras de aquel lugar. Dharo no pudo evitar besarla largamente y volvió a apretar su mano, ambos supieron que aquello era más que un gesto: era una promesa.

Las únicas velas que alumbraban el lugar se apagaron cuando June hizo acto de presencia. El rose de la tela de su fina capa aterciopelada sonaba más bien atemorizante. Dharo envolvió a Ettel de manera protectora, y esta buscó el refugio de sus brazos. Al principio no enunció palabra alguna, y Dharo por primera vez tuvo miedo de ella. No lo había sentido cuando había sido condenado por culpa suya, ni cuando encontró a su yegua favorita muerta en el interior de la cueva donde ambos se habían conocido. Pero aquel dejo de locura en sus ojos era algo que te helaba la piel más que el mismo frío que envolvía al castillo aquella noche.

—A veces imaginaba cómo sería tener a tu hijo. Nunca quise ser madre, pero sabía que debía dar a luz a un primogénito. Y cuando yacía desnuda en tus brazos realmente pensé que podría ser una buena madre para tu hijo —Junether parecía hablarle a la nada. No miraba a ningún punto en la habitación. Sus sonrisas estaban perdidas y rotas. Después de un silencio sepulcral de minutos infinitos continuó:— Sigo creyendo que podría serlo. Quizás el hijo no sea mío, pero sigue siendo tuyo. ¿Qué mejor vida puedo darle? Un niño príncipe.

Ettel abrazó al pequeño con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo y escupió a sus pies para posteriormente enunciar con rabia: —Será un niño sin amor. Puedes darle todo el oro del mundo y aun así será desgraciado.

—Bueno… hay que probar esa teoría —Se giró a ver a la cocinera, que se había fundido con las paredes como si pudiese desaparecer y se dirigió a ella como si hubiese estado hablando con ella todo ese tiempo.—  Por favor, deja al niño en la habitación que he estado preparando. Y pide a una nodriza que se haga cargo de él.

La desesperación de Ettel resultaba indescriptible. Sus gritos atravesaron las paredes y sus uñas se volvieron ríos de sangre. La ausencia de armas de Dharo le hicieron ser sometido fácilmente por los guardias, y las palabras corrieron más rápido que el río: ya había un heredero.

June se sobresaltó al ver a Felix en las penumbras de su habitación. Desde ahí observaba los fuegos artificiales que su pueblo lanzaba de alegría por el pequeño eclipse. En silencio se acercó a él, y lo primero que pudo percibir fue el olor a alcohol que emanaba.

—Supongo que el niño es solo para guardas las apariencias. —Dijo sin despegar la mirada de la ventana— Encárgate de que al menos tengan comida allá a donde sea que vayas a enviarlos.

—¿Cómo…?

—Te conozco, Junether. Pero tú no me conoces a mí. Te he escuchado llorar todas las noches, y me he inundado por dentro. Toda tu vida te han hecho pensar que lo que debías hacer en primer lugar era darme un heredero. Pero eso no es posible.

Se giró al verla al fin, le tomó de la mano y juntos se sentaron en la cama. Él le explicó todo, le hizo ver que nunca podrían tener un hijo propio y bajó la mirada humillado.

—Nunca fue por mí… —Susurró ella con tristeza.

Felix negó apenas y confesó: —Joder, había veces que tenía que excusarme porque la imagen de ti me resultaba sumamente exquisita. Probablemente hayas pensado que me parecía detestable, lo lamento.

—Hagámoslo ahora —Le propuso ella. Le soltó de la mano y lentamente se dirigió a su entrepierna. Sus ojos buscaron su mirada y se acercó a besarlo para musitar entre sus labios: — Intentémoslo al menos. Me parece que las probabilidades son… positivas.

No hizo falta que lo dijera de nuevo. Ahí, bajo la luz de los fuegos artificiales y la luz de la luna en la noche más fría del invierno, se entregaron el uno al otro. Lo intentaron fervientemente, y ella no le reprochó nada. Le sonrió dulcemente y besó su hombro después de hacerlo.

—Tendremos más tiempo —Prometió.

En medio del bosque, dentro de una cueva, Ettel y Dharo fueron dejados a su suerte, como la peor de las escorias.

—Tendremos venganza —Le juró él.


Y los planetas escucharían sus palabras. 

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