Trial.

sábado, 25 de julio de 2015

n.a.: Las x llevan a la música que ambienta la escena. No es indispensable escucharla, pero lo recomiendo para mayor disfrute. ¡Gracias por leer!

(x)
Las pesadas puertas de madera se abrieron de par en par. Lo primero que Dharo observó fue a los Cuatro. Los Cuatro eran quienes se encargaban de llevar a cabo los juicios. Cada uno se sentaba en una silla de distinto tamaño, y era la silla la que determinaba qué opinión tenía más peso. No siempre se sentaban en el mismo sitio, este variaba según su conocimiento en lo que debían de juzgar y los méritos que tenían para hacerlo. Después observó a los Vetroska, Junether y Felix. Las ropas de ambos estaban a juego y estuvo a punto de echarse a reír. No hubiese sido lo más adecuado, desde luego. Iban a creer que estaba demente. Pero podía imaginar lo irritada que debió de estar June al ver que su vestimenta estaba a juego con las de Felix. «Soy su esposa, no su gemela» hubiese bufado. Si, algo muy propio de ella. 

Ettel ya estaba ahí. Ambos llevaban las mismas ropas que el día del Enlace, no les habían permitido lavarse y apenas habían comido. El juicio lo tendrían juntos. Temía por aquella muchacha y esperaba que los sobornos que June hubiese ofrecido no dieran para un castigo realmente severo. No le gustaría verla sufrir. Había sido él a fin de cuentas quien había decidido no mostrarse, si con alguien debía estar molesta debía ser con él. 

No había caído en cuenta lo llena que estaba la sala sino hasta que sintió lo pesado que parecía el aire. Por supuesto que acudirían. La gente solo se dedicaba a trabajar, comer, dormir. Había muy pocas cosas para entretenerse. Un juicio sería algo que les mantendría con tema de conversación por semanas, incluso meses. Avanzó siendo vigilados por aquellos muchos pares de ojos hasta estar frente al estrado.

—Dharo Creary, Ettel Bisset, están aquí esta tarde para conocer la resolución sobre las acusaciones que señalan a ambos como traidores a la corona al conspirar en su contra. —Enunció uno de los Cuatro, el que estaba sentado en la silla más grande. El Uno. El pulso de Dharo se detuvo durante un segundo y su mirada buscó la de Ettel. Ella no lo miró, temblaba nerviosa y parecía a punto de echarse a llorar. Dharo temió que al verle no hubiese más que odio en aquellos ojos cafés. 

—No lo entiendo. —Enunció él con voz grave dirigiéndose al Uno— ¿Cómo van a decirnos la resolución tan pronto? No hemos dado testimonio. 

El nuevo poder de June debía estar detrás de todo esto, se dijo. Sus ojos la buscaron y ahí estaba ella, con aquella socarrona sonrisa que conocía tan bien. Se inclinó para susurrar algo a su esposo y después depositó un beso en su mano. ¿Qué clase de hombre era aquel, que permitía aquello? se preguntó. ¿Qué clase de relación tenían ahora? ¿Cómo funcionaban? 

—Las pruebas encontradas son más que suficientes. Una está firmemente ligada a usted, y dudo que pueda decir algo que nos haga cambiar de opinión —Le respondió el Dos. Acto seguido levantó un pedazo de pergamino que reconoció de inmediato. El Dos se dio cuenta de aquello y asintió para si— Tenemos esta carta de usted dirigida a la Reina June donde amenaza con abducirle. ¿Está consciente del daño que habría hecho en el sistema de haber llevado a cabo sus palabras? 

(x)
Aquel papel no contenía palabras de odio, sino de amor. Hubo un tiempo donde había amado a Junether más que a nada en el mundo. No había amenazado con abducirle, le había prometido que iría por ella, que su amor sería tan grande que los salvaría a ambos y después se irían lejos a donde solo ellos se conocieran, donde ellos serían felices en su nuevo mundo. No podía alegar que ella le correspondía, pues June siempre había insistido en que quemara todas sus cartas y él había obedecido. Debió suponer que guardaría aquella y la usaría para después destruirle. Pensó entonces en el día en el que la había conocido. 

Llovía a raudales en el bosque. Dharo estaba cansado, pues había cabalgado sin descanso por casi cinco días. Bajó de Arsinoë, su yegua, y la dejó cerca del río para que se hidratara un poco. Él se dedicó a buscar algunas bayas puesto que las provisiones se le habían acabado. En aquello se ocupaba cuando un ruido llamó su atención. Guiado por su oído se dirigió al lugar de origen y entonces la vio aferrada a una rama, a punto de caerse. Nunca gritó, pero podía percibir su miedo. Y entonces se soltó... los brazos de Dharo detuvieron su caída. June estaba cubierta por una capa negra que se había empapado con la lluvia y los dientes le castañeaban. No le dijo nada hasta que ambos estuvieron resguardados en el interior de una cueva y el calor de una fogata les abrazaba. 

—No necesito ser salvada —Musitó ella, abrazando sus piernas. Ya no llevaba puesta la capa y su vestido de manta ligeramente húmedo se sentía pesado. 

Dharo la observó con una sonrisa de lado. Negó para si y le ofreció un puñado de nueces antes de decirle: —Quizás no lo necesites. Pero puedo ver que quieres ser salvada.  

Junether se incorporó. Tomó su capa negra y salió de la cueva. Semanas después, Dharo fue convocado por su padre y lo asignaron como parte de la guardia de la familia Staton. Ella le enviaba cartas y se encontraban ocasionalmente. Al inicio ella le parecía arrogante, pero con el paso del tiempo conoció otras partes de ella. Conoció sus demonios y sus arcángeles. Si su familia pasaba hambre, la más ligera mención a June lo solucionaba todo. Su risa le calentaba el alma y le gustaba ver cómo sus ojos cambiaban cuando estaba con él. 

Una noche ella miraba por la ventana. Dharo se había colado a su cuarto. Le envolvió entre sus brazos y musitó: —Tu me salvaste.

Y ahora estaba ahí, frente a ella. Entregándolo para morir. 

(x)
—La Reina Junether ha sido benévola con ustedes —Indicó el Tres. Como si ambos debieran estar agradecidos de que hubiese antecedido por ellos. No lo había hecho, solo había maquinado las cosas para que los hilos se movieran a su gusto. Ettel dejó de llorar y la observó con odio. 

—Ettel Bisset, abandonarás tu hogar y pasarás a residir en el Palacio. Te unirás al equipo de las cocinas. Dharo Creary, la Guardia Real te acompañará a tu nueva residencia. No podrás abandonarla ni llevar ninguna de tus pertenencias contigo. Si se te ve cerca del pueblo, serás condenado a la orca. —Enunció el Uno, mientras en Cuatro pasaba sus palabras al papel. Él no dijo nada al respecto. Al final todos firmaron el pergamino, lo cerraron y se retiraron del lugar. La gente fue saliendo poco a poco del recinto. 

El recorrido que hicieron June y Felix para volver a casa fue corto. Ambos se encontraron en el comedor, Felix pidió que los dejaran a solas y la servidumbre se dio sonrisas de complicidad. Había rumores de que el matrimonio aún no había sido consumado, rumor que era cierto. Aún había cosas que él quería saber de su esposa. Casi como si ella le hubiese leído la mente, tomó su copa de vino y le preguntó:

—¿Qué clases de reyes seremos? —Su mirada era penetrante y sus labios se habían enrojecido por la tintura del líquido— ¿Tendrás amantes? ¿Me dejarás tener a mi? 

—¿Quieres un amante? ¿Quieres que yo tenga una? —Le preguntó extrañado— No lo sé, Junether. Estoy lleno de preguntas y tus respuestas me llenan de dudas. No, hasta ahora ni siquiera había pensado en una amante. Pero si tu deseas uno...

Dejó la copa sobre la mesa y antes de que acabara de hablar lo contradijo.

—Sólo quiera saber qué clase de reina quieres que sea. 

Felix se levantó de la mesa y caminó hacia una de las ventanas. Sin saber bien porqué, ella le siguió. Sin mirarla le respondió: —Tengo el sentimiento de que soy yo quien tiene qué adaptarse a ti. Los destruiste a ambos sin siquiera consultarme. 

June sonrío a medias, casi a modo de disculpa. —No conoces nada de ellos. O de mi. ¿Cómo ibas a poder aconsejarme tu? Tenía que hacerlo. Solo destruyendo a los que amas te haces del poder suficiente para hacerle lo mismo a cualquiera. 

—Permiteme pedirte entonces que nunca me ames. O a nuestro hijo. 

Ella le tomó del rostro y sonrío más ampliamente. Felix se percató que aquella sonrisa estaba rota. 

—Era un amor pasado. Una vieja yo. También tenía que destruir aquello. No trates de entenderlo. Ni yo misma lo hago. 

Es una extraña chica, se dijo. Y se preguntó si algún día llegaría a amarla o solo serían compañeros en aquella vida. Si ambos se tolerarían o se pondrían frente a una espada para defenderse mutuamente. Sin detenerse a pensar la besó. Tomó su cintura con firmeza y sus labios fueron suaves contra su boca. Ella se mantuvo quieta y no dijo nada cuando se separó de ella. Evadió su mirada y asintió a medias cuando él le prometió verla para la cena. 

—No quiero que seas una reina, Junether. Quiero que seas la persona que siempre has querido ser. —Le dijo antes de salir del comedor.— No voy a tratarte como un rey. No voy a tener amantes. No voy a ser un tirano. No voy a tratar de descifrarte. Quiero que seas. Quiero ser. Quiero que seamos. 

Y ahí, en las comisuras de los labios de June estaba la respuesta a su pregunta: claro que iba a amarlo. Y ella se iba a odiar por eso. Todo hubiese sido más fácil para ella si ambos se hubiesen limitado a las apariencias. 

Dharo durmió aquella noche en el interior de una cueva. Pudo haber estado vacía de no ser por un bulto cubierto por una manta y una nota sobre ella. Bon apetit, decía. Arsinoë estaba debajo de la manta. Muerta.

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