Au revoir.

domingo, 27 de septiembre de 2015

La primera cosa que notaste fueron mis ojeras. Tu risa fue suave y tu sonrisa enmarcó la mitad de tu rostro. Dijiste que era curioso que ahora estuviese en Psicología. Sé que lo es. Me pregunto si te habrás sentado en alguna de las butacas donde yo lo he hecho, si has usado los mismos ejemplares que yo en la biblioteca. Me pregunto si los mismos maestros que enuncian mi nombre habrán enunciado el tuyo. ¿Habrá quedado alguna resto de los cigarrillos que hayas consumido? ¿Alguna vez te detuviste a admirar las rosas? Me pregunto. Pero no lo digo. Me encojo de hombros y me siento al otro extremo de la mesa del café. Te observo por unos segundos y respondo: Me gusta la Psicología. Recuerdo aún cuando me hablabas de Freud. Tu fuiste quien me enseñó a ser cínica sobre él. También que se ama con el sistema limbico.

Colima es bueno, dijiste. Me aseguraste que me gustaría. Sonaba como una promesa de "Ey, deberíamos volver e ir a vivir a Colima". Entonces recordé que tus palabras están huecas, son palabras de polvo que se funden con la nada. Así que me limito a sonreír y expresar lo mucho que me alegra que Colima te agrade. Estudiar Letras es asombroso, mencionaste. Una amiga mía también está en Letras. Parece lo suyo, respondí. Comenzaste a hablar de que aún y todo te frustraba lo complejo que era el mundo editorial. Tomaste una nube y la salpicaste de los recuerdos de nuestros sueños de trabajar como editores. Le pusiste un palillo y me lo ofreciste. No gracias, hoy no quiero algodón de azúcar, S. Temo morir por una hiperglucemia de fantasías abandonadas.

Nos ponemos al corriente de nuestras vidas. Te hablo de él, y tu me hablas de ella. Hay un hotel cerca. Podríamos ir a cerrar el encuentro. Podríamos hacerlo de no ser por la tensión que emana mi cuerpo, tensión que tratas de tocar para desmoronarla cuyos intentos son fallidos. Ni siquiera toco el mismo salero que tú. ¿Sigues molesta?, preguntas. Mi silencio es tu respuesta. Alegas que fue una mala idea, tomas tu sombrero y te veo irte por los portales. Dejo un billete en la mesa y también me voy.

Casi al llegar a la torre siento tu mano detener mi brazo. La retiro de inmediato. Tus ojos son carmesí y emanan ríos. Pides perdón. Exhalo. Acaricio tu mejilla y dejo mi mano marcada. Mis mejillas se vuelven lagos, sollozo. No opongo resistencia cuando me envuelves con tus brazos. Te perdono, digo. Porque es lo que ambos necesitamos. Lo lamentas, dices, porque es la mentira que me hace falta. Un beso suave arde en mi frente. Me hace sentir sucia. No lo hagas, te pido. Y accedes sólo porque lo pedí. Compartamos un cigarrillo, te propongo. Una cerveza, ofreces. Pero no nos movemos.

Dos años nos volvieron extraños. ¿Recuerdas la historia del hilo rojo? Pues fue ese el momento en el que sacamos unas tijeras, y lo cortamos. Y nos dejamos ir. No compartimos nada. Ni la hora. ¿Puedo besarte? me dices. ¿Cuál es el punto?, señalo. Y me voy. Realmente me voy.

Mañana no me preguntaré si esa era tu banca, si aquel era el rincón donde te sentabas a fumar. Me sentaré en los mismos lugares y los haré míos. Porque al igual que ellos, nunca te pertenecí. Nunca nos pertenecimos.

2 comentarios:

Café y Literatura dijo...

Jamás, nunca, nunca... Dejes de escribir, es hermoso lo que escribes, lo digo muy en serio... Amo la historia del hilo rojo, creo en ella :)
Y mi parte preferida: "No gracias, hoy no quiero algodón de azúcar, S. Temo morir por una hiperglucemia de fantasías abandonadas." Simplemente perfecto.
Saludos ^^

Unknown dijo...

Asdfghjkl, ¡muchas gracias! La historia del hilo rojo es una de mis favoritas.

De verdad, gracias por leer.

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